VEN, PASA SIN LLAMAR


MENSAJE Y CANCIÓN DE BIENVENIDA AL BLOG
(Pinchar sobre el texto que sigue, para escuchar la canción):
VEN,
PASA SIN LLAMAR
(*) Vídeo de la CANCIÓN: pinchando en cualquier parte del texto de bienvenida anterior (Le puso música y voz: Amador (Dorchy Muñoz) Gracias.


*Las FOTOS que acompañan a las entradas de este Blog has sido tomadas por Ángeles Fernangómez. En algún caso excepcional en que no es así, siempre se especifica el nombre del autor y se cuenta con su autorización.


miércoles, 27 de mayo de 2020

POEMAS DE CONFINAMIENTO (Marzo)






DECIR VENTANA

Dije ventana y no vidrio ni metal.
Dije ventana y digo nube, calle, árbol, aire,
mis pasos y tus pasos, el saludo y la mirada.
Decir ventana es decir pájaro,
los ojos tocando cuatro luces rojas a distancia,
los tejados y el bullicio que incendiaba el día.
Porque decir hoy jardín más allá de la ventana
no es decir color, es decir vida,
soplo,
alternativa,
horizonte y libertad,
es rozar el viaje inalcanzable
volar hasta ser, hasta ser otro tiempo,
otra mujer,
otra ley que rige a las estrellas.
Y todo me es concedido porque hoy yo
tuve la valentía de decir ventana,
de abrazar todas las ventanas,                                                                                                            
ser transparencia y escapar a lo prohibido.
Traslúcida visité todos los mundos
y entré en los ciclos magnéticos
y en la espiral de todas las galaxias.

Y así fue como todo sucedió al nombrarla
desde la quietud de estas cuatro paredes
y este techo que a punto estuvo de aplastarme
si a tiempo no llego a pronunciar ¡ventana!

viernes, 8 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS


CUARENTENA EN 15 FOTOS
Primera Etapa 
(40 primeros días de confinamiento)

15 entradas consecutivas que presentaron 15 fotos propias tomadas desde mi ventana durante los 40 primeros días de confinamiento, 15 textos narrados (a modo de columnas) basadas en cada una de las fotos, 15 poemas de 4 versos como broche.
La fotografía desde la ventana no presume de ser técnicamente buena, sino testimonial de aquello que me llamara la atención, ello amplió mi libertad durante el confinamiento. Me hacía soñar y ver cosas que jamás había visto en los largos años ya que llevo en la misma casa y con las mismas vistas. Por eso, tal vez un confinamiento suponga un viaje introspectivo en el que se ahonda en muchas cosas y se exprime al máximo la capacidad creativa de la persona. Leer, aunque leía y leo, me resultaba un poco más trabajoso, mi concentración no estaba al máximo. Sin embargo, escribir, fotografiar dijérase que eran una absoluta necesidad para mi.
Sabía que quería aunar imagen y palabra, aunque no pensé en cómo hasta pasados los primeros 40 días (una cuarentena literal). Es ahí donde me pareció que en la distancia podía ver más claro y comencé a seleccionar fotos y, a través de ellas, construir los textos que, cómo no, tenían que incluir mis dos formas de expresar la palabra escrita: narrativa y poesía.
La poesía consistió en 4 versos finales. Curiosamente, el primer día esos versos salieron de mi mente con una medida concreta. Yo no mido siempre en la poesía, pero esta vez lo había hecho, no sé bien si consciente o inconscientemente en un principio, pero me gustó el formato. Esta medida fue de 7-11-7-11, a modo de silva sin rimar. Al día siguiente me pareció buena idea continuar haciéndolo así siempre. Pese a que constriñera más mi forma de expresión, me resultó un reto bello y divertido. Y lo disfruté, ésto y todo lo demás Sí, he disfrutado mucho con la experiencia, he disfrutado también compartiéndolo y doy las gracias a quienes lo hayáis leído.
En otro orden de cosas, quisiera decir que me gustaría que el mundo cambiara a mejor tras esta experiencia traumática que supone la pandemia que nos ha dejado encogida el alma y la razón, no sé si algo sacará la humanidad en limpio, pero es por ese deseo por el que acompaño este texto con el dibujo reciente de Banksy y ese mensaje extraordinario que encierra, el de que los niños tengan desde ahora por superhéroe a alguien del personal sanitario que se ha dejado mucho más que la piel en todo esto (algunos la vida), que cambien a Batman o Spiderman por una aparentemente simple enfermera, porque al lado de ella, los anteriores son unos cobardicas, no le llegan ni a la suela del zapato. GRACIAS.

PD: es mi intención continuar con una 2ª etapa cuando pasen los segundos 40 días, por tanto, no es un adiós, si no un "Continuará..."

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jueves, 7 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DIAS - El mirlo.

                                                           Fotos desde mi ventana (confinamiento)

DÍA 15 (55 días)

EL MIRLO
Lleva años alegrándome las tardes y las madrugadas. Supongo que será cada año una nueva generación, pero la misma saga familiar. Se habrán acostumbrado a anidar en el jardín y eso me agrada. Si alguien no sabe cómo canta un mirlo, por favor, que no se lo pierda, ya está tardando en entrar en Google y escuchar algún vídeo de su trinar melódico. Es hermoso, relajante, alegre…, endulza. Yo entiendo lo justo de aves, aunque por lo que he comprobado estoy por encima de la media (será por aquello de haber nacido en un pueblo y criarme por el campo), pero no me las doy de ser muy entendida en aves, aunque tengo la suerte de tener un compañero de vida experto. Yo soy más de animales achuchables como los gatos, pero los mirlos…, ¡ay los mirlos! El de mi jardín me vuelve loca para bien. En cuanto apunta la primavera, madruga a dar los buenos días y te despide cuando cae la tarde con esos sonidos tan..., no sé cómo definirlos (recurrid a Google, ya os lo he dicho y me ahorráis caer en adjetivos cursis), esos sonidos que salen por su pico anaranjado, ese color que contrasta con su plumaje completamente negro. Por cierto, una aclaración: ¿sabíais que el mirlo blanco existe? Y mira que yo siempre pensé que era algo así como lo de los gamusinos que todo el mundo habla de cazarlos, pero no se puede porque son imaginarios. Pues yo también pensé que ser un mirlo blanco era como tratar de alcanzar lo que no existe. Y sí, sí existe, aunque sea menos frecuente, de hecho yo no sé si alguna vez he visto alguno. Pero mi pareja me ha dicho que sí y eso va a misa, ni lo dudo.
Pero volvamos a mi mirlo negro, con su pequeño cuerpecito saltarín. Yo conozco a este mirlo negro con el pico anaranjado que vive por el jardín de debajo de mi ventana, donde tiene sus rifi-rafes con la urraca hasta cansarse y subir a las ramas del cedro o cualquier otro árbol cercano. Este pájaro es tremendamente urbano, creo que renunció a migrar por adaptarse a las personas y, cuando quiere ver una panorámica de la ciudad, vuela a las antenas y divisa el entorno a su placer.
También le he visto picotear por el suelo a la vera del tronco del aliso, saltar por entre la yedra y los acantos con esos saltitos tan simpáticos y suyos, y parece feliz mientras expande su alegría y la contagia.
En estos tiempos de encierro doméstico decretado y acatado, abrir la ventana y tener a este ave casi conviviendo, es como si alguien te trajera el mundo a casa y te refrescara el alma.
Tengo más aves cerca que me hacen la vista agradable. Están las palomas, los gorriones, tórtolas, vencejos. Los vencejos parece que vuelan a lo loco, dando vueltas y más vueltas en la mañana y al atardecer, son también una alegría verles llegar a su temporada en punto. A las palomas les encanta dormitar y hasta arrullarse en el grueso cable de la luz que hay delante, entre los ojos y las nubes, ese que se ha llevado más de un improperio de mi parte porque me estropea las fotos de los atardeceres bellos y dorados y hay que ingeniárselas para esquivarlo. Pero ahora no me importa tenerlo delante si eso sirve para que en ellos se pose la vida y yo pueda contemplarla.
Hay muchas más aves, sí, pero el mirlo me tiene fascinada.

Llegó el mirlo a mi jardín
justo cuando las casas eran jaulas.
Regálame tu canto,
volaré a las antípodas contigo.

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A día de hoy:
  • Seguimos confinados no del todo.
  • Ya tenemos calendario de desescalada (por fases)
  • Hoy comienza la Fase 0 de la desescalada.
  • Algunos negocios ya pueden abrir con cita previa.
  • Podemos pasear por turnos unas horas.
  • Curva descendente

miércoles, 6 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS - Se interpuso Rock-Ola en los atardeceres

                                                             Fotos desde mi ventana (confinamiento)
DÍA 14 (54 días)

Quién me diría a mí, al comenzar los 80, que el edificio de Torres Blancas lo iba a tener mucho más tarde y durante años a golpe de mirada desde mis ventanas. Y quién podría adivinar que iba a captarle atardeceres dorados mientras yo, como casi toda la raza humana, permanecíamos confinados por causa de un bicho invisible que trata de matarnos.
Veo el edificio de refilón, de frente y a la derecha de la visión que me dan estos benditos ojos de la casa. Torres Blancas me trae recuerdos de noches de conciertos y de "movida madrileña" hasta el amanecer. Y es que, justo en frente, estaba la famosa Sala Rock-Ola donde, además de ser invitada a inaugurarla, bailé como loca viendo a Alaska y Dinarama, Derribos Arias, Glutamato Ye-yé, Siniestro Total, Radio Futura, Aviador Dro, Gabinete Caligari, Parálisis Permanente… ¡ay, podría seguir, pero ya paro, que me falta el aire!
Rock-Ola quedará, más para bien que para mal, en los anales de la historia y del recuerdo, ya hay algún amigo cercano que ha escrito algún libro con una interesante historia que desemboca en este lugar. Y eso que no vi ya a Nick Cave ni a Spandau Ballet y otros muchos del calibre, porque para esas alturas yo ya había dejado Madrid para vivir aislada en medio del mar por unos años.
Quién me diría, también, que una de esas tardes de la más cruda y aguda cuarentena, cuando me entretenía intentando hacer fotos diferentes desde la misma posición de partida, iba a encontrar un decorado tan hermoso de atardecer que rodeara y coronara al edificio Torres Blancas, porque la mente hace asociaciones que no deshace ya en la vida, y una de ellas -para mí- es ésta, la de asociar este edificio con las noches locas de Rock-Ola en mi temprana juventud.
El caso es que yo había venido a hablar aquí de atardeceres hermosos captados desde mi ventana, pero se me interpuso este edificio y me desvió la atención. Y todo ello confinada y sin salir de casa. Está claro que se puede viajar desde la quietud en el espacio y en el tiempo, se puede volar y pisar tierra, se pueden romper barrotes y sentir la libertad. ¿Quién habló de poner puertas al campo? Si alguien habló de ello, que desista, es imposible.

Recuerdos asociados,
viaje de cuarentena a la movida.
La causa: un edificio,
y es que yo vine a hablar de atardeceres.


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A día de hoy:
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  • Ya tenemos calendario de desescalada (por fases)
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martes, 5 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS - Alteración perceptiva

                                                      Fotos desde la ventana (confinamiento)
DÍA 13 (53 días)

ALTERACIÓN PERCEPTIVA
Es recurrente. Esta sensación es recurrente desde poco después de que empezaran los aplausos de las ocho. No he dejado de aplaudir ninguna tarde y recuerdo bien el primer día, ese en que, convocados todos por whatsap, salimos a las ventanas, balcones y terrazas a aplaudir. Ese día no fue a las ocho, fue a las diez y era noche cerrada, cómo pasa el tiempo. Al día siguiente dijeron que había que adelantarlo dos horas para que pudieran participar los niños y las ocho se quedó instalada como la hora en que todos pensábamos en lo mismo y a la vez, como en la canción de Mecano. Recuerdo que aquel primer día, el de las diez, se me aguaron los ojos y la voz se me rompía de emoción. Estábamos conmocionados por lo que sucedía, los hospitales desbordados, el personal sanitario dándolo todo sin tener la cobertura necesaria y… nosotros sacábamos los brazos por las ventanas para decirles con las manos que les teníamos en cuenta y estábamos con ellos y se lo decíamos aplaudiendo su trabajo. Después lo ampliamos a todo el que daba la cara en trabajos que nos permitían subsistir.
A los pocos días de los primeros aplausos, comencé a asustarme. De vez en cuando yo oía aplausos y no eran las ocho, si no a cualquier hora, como si me retumbaran, como si fuera el eco de los de la noche anterior. Los escuché un día, luego otro, y a diferentes horas. Miraba por la ventana y todo eran alucinaciones mías, la mente me engañaba y oía cosas que no existían, como lo que le pasaba a aquella mujer del libro de Oliver Sacks que escuchaba música irlandesa de la infancia incluso cuando dormía. Buen libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, pero el tema me asusta, ¿el confinamiento me estaría convirtiendo en una neurótica que manifestaba alteración de la percepción de las cosas?
Eran ráfagas, lo sé, pero se repetían en mi mente como un mantra, un mantra bonito, pero ilusorio y, al ser tan recurrente, me daba tanto miedo como también me gustaba.
No he adivinado todavía el motivo de esos engaños mentales, de hecho todavía los tengo, pero eso no me impidió nunca acudir uno tras otro y sin excepción alguna a abrir la ventana y aplaudir todos los días y a la misma hora. Tampoco me impidió saber a qué y a quiénes aplaudía con el ánimo exclusivo de alentar en tan ardua tarea. La memoria en eso no me fallaba.
Después llegó aquella gente que, por llevar la contra incluso en estos momentos tan graves, dijo que eso de los aplausos era una tontería, que no había motivo para aplaudir a nada ni a nadie y que lo que había que hacer eran minutos de silencio por los muertos. ¡Vaya, pues claro!, no está mal, todos sentimos a los muertos y nos duelen, muchísimo. La atrocidad es indescriptible y se merecen millones de minutos de silencio. Les aseguro que en casa los hacíamos todos, tantas horas en casa dan para pensar en todo y silenciarse. Pero eso no es óbice para despreciar los aplausos de aliento, ¿o es que el tiempo ha hecho olvidar a algunos por qué se aplaude? Además, ¿de verdad un confinamiento no es lo suficientemente deprimente como para no buscar algo que nos de un poco de alegría y no hacernos pasar por un luto perenne?
El caso es que yo seguí aplaudiendo. Y sigo. Lo que no he resuelto todavía es el motivo de escuchar aplausos que no existen. ¿Será que me gustaría que haya más personas aplaudiendo? Igual es eso.

La mente es engañosa
oye a destiempo lo que quiere y gusta
el eco del aplauso,
anhelo de la unión en la contienda.
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lunes, 4 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS - Mi pequeña selva

Fotos desde la ventana (confinamiento)

DÍA 12 (52 días)
MI PEQUEÑA SELVA
Lo era. Era mi pequeña selva. Esa imagen del tronco inclinado del aliso mezclada con las ramas de otros árboles, tronco al que abraza la hiedra verde clara, ha sido durante largas semanas de estado de alerta sanitaria, uno de los puntos centrales de mi mirada al extenderla ventana afuera. Yo estaba arriba, tras la ventana y todo ello abajo, anclado a la tierra pero ante mí. Sigue siendo aún mi punto de mira, puesto que todavía no pasó el peligro, aún no es el momento de cantar victoria. #YoMeQuedoEnCasa sigue siendo un hashtag en vigor, lo que no impide ser conscientes de todo lo que ya hemos avanzado y respirar profundo y alentados.
Mi pequeña selva estaba siempre para mi a cualquier hora, de noche incluso, dispuesta a hacerme soñar con espacios plagados de vegetación y fauna. A su sombra sentía reclinar mi cuerpo cuando el deseo de paz y fusión con la Naturaleza que somos apremiaba, podía soñar y oler las hojas, las flores cercanas que ya comenzaban a mostrarse, podía escuchar al mirlo, incluso descubrir sus escondrijos sin moverme. A veces llovía, en abril ya se sabe que aguas mil. Entonces era cuando el aspecto selvático se hacía más patente y más potente, podía oler la tierra mojada debajo de las ramas. Siempre que un lugar en el campo me da esas medidas, imagino que es el idóneo para colocar una pequeña tienda de campaña y vivir a campo pleno, como hice tantas veces en mis años jóvenes. Sería capaz de sentirme Jane Goodall entre chimpacés o Caperucita intentando esquivar al lobo. En todo caso, la ensoñación se imponía y un pequeño espacio se hacía infinito ante mis ojos. Cuando la realidad se encoge, usar la imaginación es la mejor de las recetas.
Dentro de casa las noticias que escuchaba no eran buenas, los muertos sobrepasaban diariamente con creces los 500. Y era también dentro de casa donde, a pesar de todo, tenía cubierto casi todo lo importante: familia para el cariño, libros para leer una historia o un buen poema, ordenador y teléfono para escribir y conectarme con el mundo exterior sirviéndome de esa parte amable que tienen las nuevas tecnologías, pero me faltaba algo para mi imprescindible: el campo, la naturaleza virgen, por eso mi pequeña selva era tan grande ante mi mente. Y en ello sigo.

Alrededor del árbol
se posa la imaginación del preso.
Traspasados los muros,
duerme la libertad bajo las ramas.



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domingo, 3 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS - Nubes

                                                                     Foto desde la ventana (confinamiento)
DÍA 11 (51 días)
NUBES
No pretendo que veáis lo que yo vi, pero en las nubes de ese día vi a una madre reclinada sosteniendo a su bebé recién nacido. El subconsciente tiene razones que la razón también conoce a veces, pero no importa, esa es otra historia que quizá alguna vez la cuente si procede. En todo caso, no es eso lo que ahora me trae hasta estas líneas. No es de eso de lo que en este caso quiero hablar. Tampoco de por qué elegí precisamente esta foto -hecha en la tercera semana de confinamiento-, para escribir sobre ella hoy, hoy precisamente, día de la madre, afirmo que no fue un acto deliberado ni consciente. Yo sólo quería hablar de nubes. Simplemente de nubes, estar en las nubes, subirme a las nubes, las nubes y mi relación con ellas desde el sofá de casa en estos tiempos de cuarentena.
Durante los 51 días que ya van, he visto cielos muy distintos, mucho: cielos planos, grises, negruzcos, encapotados, con nubes de todas las formas posibles, atardeceres mágicos plagados de rojos, naranjas, violetas, rosados... Ahora mismo, veo un cielo con nubes racheadas, como brochazos suaves de un pintor de bóvedas tapando el firmamento con un velo.
Pero las que más me gustan son las nubes caprichosas, esas en las que veo formas que, en cuanto las amarro y nombro, se me esfuman para dar lugar a otras formas diferentes, como si el cielo sufriera una metamorfosis de constantes y distintos milagros. Yo creo que la vida es como las nubes, si te distraes pasa de largo.
Recuerdo que esta nube que traigo esta vez a colación, esa en que yo vi, como ya he dicho, el busto de una madre sosteniendo a su bebé, se disolvió enseguida como se disuelven todas. El bebé se iba desintegrando hacia la derecha y hacia arriba. Los brazos de la madre lo seguían, pero se hacían enormes hilos cada vez más finos y alargados, mientras que por detrás, aparecía en escena la forma de un hombre fuerte caminando hacia ellos como si pretendiera salvarlos de convertirse en nada momentos antes de hacerlo también él.
En eso estaba cuando escuché las bocinas y, seguidamente, la lluvia de palmas. Eran las ocho de la tarde, hora de abrir la ventana y aplaudir.

Son nube madre e hijo,
al cielo invitan a mirar las horas.
Inmenso el firmamento,
llegan los ojos antes que mis manos.


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sábado, 2 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS - El SUMMA 112 a las puertas de casa

                                                           Fotos desde la ventana (confinamiento)

DÍA 10 (50 días)

EL SUMMA 112 A LAS PUERTAS DE CASA
Aquella mañana era de sábado, igual que lo es ésta desde la que lo recuerdo y escribo. Hacía sol y yo me comportaba como una auténtica indiscreta mirando constantemente lo que pasaba fuera. El jardín empezaba a estar tocado por la primavera, pero al lado de sus barrotes rojos vi aparcado un coche del SUMMA 112. ¿Habrá pasado algo? -pensé-.
Transcurrido un rato, el coche se fue, pero enseguida llegó una unidad más grande. Un hombre y una mujer vestidos con EPIs descendieron del vehículo. Yo quitaba dentro el polvo de las estanterías, barría la casa, pero no dejaba de estar pendiente de la ventana. ¿Qué pasaría? ¿Sería alguien de mi misma escalera? ¿Quién necesitaba ayuda? No sería de extrañar, estábamos en el pico de la epidemia y todo podía resultar, si no normal, sí muy posible. Ni por un momento consideré la posibilidad de que se tratara de otra enfermedad que no fuera la producida por el maldito coronavirus. Dentro de casa, sonaba Louis Amstrong cantando What a wonderful world.
Al cabo de un rato bajaron con una mujer anciana a la que acercaron al coche en una especie de silla de ruedas amarilla que más parecía una carreta que una silla. La mujer llevaba la máscara puesta y gemía. Los sonidos en la ciudad tienden a subir hacia los pisos más altos, así que todo se escuchaba facilmente. La profesional sanitaria, con mascarilla y mampara ante su cara le decía: “tranquila, corazón, que ya nos vamos; ya está, corazón, ya está”, mientras su compañero sacaba la camilla y los dos juntos, a la de tres, pasaban a la anciana de la silla a la camilla en un ejercicio de profesionalidad verdaderamente admirable. La mujer seguía quejándose sin fuerzas, totalmente desmadejada y ambos la consolaban mientras seguían con su protocolo. Yo ya me había convertido, tal vez en una cotilla, una morbosa o no sé si en la mismísima vieja del visillo, pero la verdad es que me sentía verdaderamente traumatizada con la escena a la vez que no podía dejar de observarla. Cuando ya creía que se subirían al vehículo para encaminarse al Hospital con la mujer, vi que les faltaba un último e importante ritual: desinfectar la silla y desinfectarse a sí mismos. Sacaron unos grandes pulverizadores y, tras rociar la silla de arriba abajo, hicieron lo propio el uno con el otro por todo su traje de otro mundo. Mientras uno de los dos ponía los brazos en cruz, el otro le lanzaba su vapor líquido por todo su traje protector, por detrás y por delante. Después, invirtieron los papeles. Fue entonces cuando, al terminar, subieron a la unidad y se encaminaron calle abajo con la enferma dejándome un regusto amargo por la mujer y otro regusto enternecedor por el exquisito trabajo de los profesionales sanitarios. Desgraciadamente, esa sí era la nueva normalidad de aquellos días, ese término que tanto se usa ahora, cuando comenzamos a relajar ya un poquito la presión.
Cerré la ventana. Luois Amstrong ya había terminado la canción.

Ver la muerte a la puerta
como un tatuaje gris en la memoria
 por los ojos grabado.
No hay piel para las últimas caricias.

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viernes, 1 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS - La nevada

                                                                    Fotos desde la ventana (confinamiento)
DÍA 9 (49 días)

LA NEVADA
En mi tierra de montaña, a la nieve que nos encontramos aquella mañana de marzo al mirar por la ventana, no se lo llamaría nevada. Existen allí varias formas de calificar el grosor de la nieve sin tener que tirar de cinta métrica. Así, de mayor a menor, se habla de nevadona, nevada, nevadina y telina. Con sólo decir uno de esos nombres, cualquier oriundo se hace a la idea de la magnitud del manto blanco.
Pues, dicho así, con esas variantes lingüísticas que marcaron mi forma primigenia de expresarme, lo que aquella mañana de confinamiento nos encontramos en Madrid fue simplemente una telina, pero daba gloria verlo, era nieve a fin de cuentas. El poeta Batania dice “Cada vez que nieva, tengo 5 años”, también él es norteño y sabe que su mente, al verla, vuelve a la infancia a coger bolas de nieve y organizar peleas divertidas. Por eso a mí se me quedó muy grabada su frase, porque me identifico con el mensaje tan profundamente que me inunda y lo repito.
Al levantarme, abrí la ventana de la sala y allí estaba el jardín de siempre, pero las grandes manos de la palmera estaban blancas, como sosteniendo en oferta la nieve para entregársela al primero que abriera las ventanas. Los setos también tenían una ligera capa y los coches del poquito tramo de calle que se alcanza a ver, también estaban cubiertos. Pronto se derretiría en cuanto apuntara el sol mínimamente, así que fui por mi cámara de fotos y comencé a tomar los detalles que más me llamaban la atención. Me había venido a visitar la nieve y lo sentí como un milagro.
Me llamó la atención lo que alguien había escrito en el cristal de atrás de uno de los vehículos. Se leía claramente “Te quiero”. Imaginé al autor (o autora) escribiéndolo muy temprano, de camino al trabajo, tal vez era alguien que trabajaba en algún hospital y, no sólo no podía estar confinado, sino que,en esos días, trabajaba mucho más dura y peligrosamente, con la presión al máximo. Seguro que lo había escrito protegidas las manos con unos guantes de látex, respirando dentro de una mascarilla y pensando en la añoranza que sentía por la persona amada a quien el mensaje iba dirigido y a quien no podía ver porque estaría en otra casa inmerso (o inmersa) en cuarentena. Sentí empatía y agradecimiento al mismo tiempo. Después, cerré la ventana y sonreí. Este virus no ha podido matar al amor -me quedé pensando-.

 En tiempos de pandemia
un “te amo” escrito sobre nieve
sostiene la esperanza:
 no puede un virus matar al amor.

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jueves, 30 de abril de 2020

DIARIO DE CUARENTENA TRAS LOS 40 DÍAS - Los tendederos

                                                                Fotos desde la ventana (confinamiento)
DÍA 8 (48 días)

LOS TENDEDEROS
Llegó un día en el que comencé a ver el paisaje demasiado más de lo mismo. Abría la ventana y encontraba la misma pared ocre anaranjado, los mismos tejados a lo lejos o en la cercanía, los mismos setos, las mismas plantas, el mismo gran edificio al fondo a la derecha. Que me perdonen el ciprés y el cedro que tanto amo, pero siempre estaban en el mismo sitio y con las mismas ramas. Pareciera que nada se movía y todo era tedio de tanto recrearlo.
Inconscientemente, mis ojos buscaban algo nuevo y comenzaron a fijarse en los tendederos (tendales, dirían en mi tierra). Ellos sí cambiaban. Hoy la ropa colgaba al lado de la ventana del segundo, otro día, al lado de la del quinto, otro…; un día había sábanas, otro día ropa de niños, otras veces los vaqueros se movían al compás del viento como si tuvieran piernas dentro; a veces predominaban los azules, otras los rojos o los verdes, y así era como cambiaba la escena a fuerza de cambiar los planos del escenario.
Por algún motivo siempre me han resultado atractivos para la fotografía. Son escenas costumbristas que muestran a las claras lo que se cuece dentro de las casas. Puedes saber fácilmente si dentro hay bebés, gente joven o las habitan ancianos. Son también como banderolas de pueblo en fiestas o banderas tibetanas de oración que esparcen al aire nuestras miserias y misterios. A veces, si la mirada se posa justo en el momento en que la colada se está tendiendo, puedes comprobar si es hombre o mujer quien realiza la faena y hacer la estadística de lo avanzado o no que está el compromiso masculino en las tareas domésticas. Es curioso también que cuando queremos advertir a nuestro interlocutor de que tenga cuidado con lo que habla o nos está diciendo, ya que alguien puede estar escuchando, recurrimos a la frase “cuidado, hay ropa tendida”; por lo que tengo entendido era un código entre presos para avisar de que alguien se acercaba. Y es que los tendederos hablan por sí mismos, pero mucho más cuando llevas días y días en confinamiento y con el mismo panorama.

Hay ropa tendida
en el aburrimiento de las horas,
 blusa y pantalón bailan
antes de rendirse ante la sábana.

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