VEN, PASA SIN LLAMAR


MENSAJE Y CANCIÓN DE BIENVENIDA AL BLOG
(Pinchar sobre el texto que sigue, para escuchar la canción):
VEN,
PASA SIN LLAMAR
(*) Vídeo de la CANCIÓN: pinchando en cualquier parte del texto de bienvenida anterior (Le puso música y voz: Amador (Dorchy Muñoz) Gracias.

*Tanto los TEXTOS como las FOTOS de cada entrada del Blog son autoría de Ángeles Fernangómez. En algún caso excepcional en que no fuera así, siempre se especifica el nombre del autor o autora y se cuenta con su consentimiento.


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martes, 29 de octubre de 2013

"CUENTO CON CUENTOS" (en un lugar "de cuento")


La Lobera de Gredos:
 EL LUGAR DEL CUENTO DE LOS CUENTOS

  CUENTO CON CUENTOS 

 ...y, entonces, abrí los ojos.
   Vi a Hansel y a Gretel cogidos de la mano en dirección a la casa de chocolate de la bruja. Les advertí, pero iban tan concentrados en sus risas, que no me escucharon.
   Después, pasó Caperucita. Yo le dije: "peligroso sitio, niña, para pasear. Una niña llamada Caperucita Roja no debería de pasear por un lugar llamado La Lobera", pero iba tan absorta dando saltitos mientras cantaba, que no me escuchó.
   Más tarde, alcancé a ver a un niño muy, muy pequeño, que caminaba arroyo arriba y que, cada 3 pasos, lanzaba al suelo una miga de pan mientras repetía: "para el camino de regreso, para el camino de regreso...". Cuando se acercó lo suficiente, le llamé para decirle que no le serviría de nada, pues los pájaros se las iban comiendo todas, pero estaba a lo que estaba, calculando y calculando el tamaño de las migas para que no se le acabara el pan antes de llegar a su destino, así que no pudo escucharme.

   Finalmente, del tronco de un árbol salió un niño de madera. Se acercó y me contó que había visto a una niña con caperuza roja comiéndose a bocados a un lobo muy cerca de allí, también había visto a dos hermanos asando en el horno a una bruja mala, y que una enorme barra de pan iba tirando niños pequeños por las orillas del arroyo. 

   No me pareció extraño, alrededor de mi puente de madera y mis nenúfares, podría pasar cualquier cosa. Al niño de madera le crecía la nariz con cada historia que contaba. "¿Cómo te llamas?", le pregunté. "Gepetto", contestó. Y la nariz se estiró tanto que se golpeó fuerte contra la barandilla del puente.

   Fue entonces cuando cerré los ojos para no seguir soñando.



Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto)
Todos los derechos©Saniago Carrasco (foto)

viernes, 22 de marzo de 2013

JÚBILO A LA VISTA

JÚBILO A LA VISTA
(marzo 2013)

Para ese día que me espera tan cercano, tengo reservada una cesta de magnolias y un abrigo rojo.
            Pasan por mí, como agolpándose, una mujer enjuta y enlutada, que me habló de sus  40 años atrapada en el trabajo, esa otra que contaba sumas en voz alta, una calculadora anterior a la era cibernética, aquella gente que confió en mí, y mi entusiasmo para hacerles comprender que estaban en lo cierto.
            Era muy joven y la vida acababa de volcarme en otra etapa.
            Me hice luchadora desde dentro y hacia fuera, y traté de cambiar el mundo desde mi mesa de trabajo. También.
            Sigo recreando mi memoria laboral en aquel alto edificio de mirada al norte, y del que aún conservo amigos en grado muy intenso. Esa mirada tuve el día en que broté una rama.
 Después…, después volé muy alto y descendí en una isla con un despacho frente al mar, donde el ambiente me supo a mantequilla suave y podía oler a salitre y algas a través de la ventana.
            Pero volví tierra adentro, sin saber porqué, a posarme mucho tiempo en una silla rodeada de docentes. Al poco, comenzó a ser especialmente estimulante acudir a la tarea diaria: alguien, que aún conservo, me esperaba cada día al otro lado de mi mesa. Rasgaban el aire las miradas y el trabajo fue un placer de dioses.
            Pero era larga la vida “productiva” y fui atrapada por las cúpulas políticas donde, tras vuelcos, mis pasos están a punto de tocar el fin. Sin despreciar todos los aprendizajes que con ellos he tenido, ni a esa gente buena que también rozó mi espalda, tal vez ésta haya sido la parte más insulsa, y en ocasiones asfixiante hasta el extremo, de todo mi curriculum activo. Así es que no me cuesta decirles “buena suerte, pero yo quiero vivir”.
            Hoy, que ya huelo de cerca esa cesta de magnolias que reservo, y que se acerca un cumpleaños bien distinto a tantos otros, me pregunto qué he tenido y tengo yo que ver con un mundo de papeles tramitables, me pregunto si mi oficio coincidió con el oficio que llevo escrito en mi ADN, y me respondo lo de siempre: me sirvió para comer y aprender a pisar tierra. Gracias. Pero no pudo apartarme de mi verdadero ser. Gracias también.


 Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto y montaje de imágenes)

sábado, 9 de febrero de 2013

LA MÁSCARA (en cuatro tiempos)

                                            (Foto tomada de Inernet)
                                                                                                                                      (2005)
 LA MÁSCARA
 (En cuatro tiempos)   

            ¡Carnaval, Carnaval / Carnaval, te quiero …!
            -Hola Alfredo; qué tal, Mario.
            -Hola…, Máscara, ¿quién está detrás de esa blanca palidez?
            -¡Ja, ja, ja! Soy la muerte vestida de porcelana, y vengo en busca de vuestras podridas almas.
            ¡Alegría y buen humor / en el mundo entero…!
            -¡Déjate de coñas!, eres Sara, ¿a que sí? O no. Fernando, eres Fernando. Tienes una voz tan ambisex que no hay quien sepa lo que eres.
            -¡Venga hombre, frío-frío! Mario, a ver si tu eres capaz de adivinar quien soy, ya que Alfredo no da una. Por cierto: ¿cómo te va con Rosa?
            -¿Con quién?
            -Con Rosa, te pregunto por Rosa; no te hagas el sueco, anda. Oye: ¿ésta es tu mujer, verdad?, me cuesta reconocerla con ese disfraz de ciervo tan elegante; luce una cornamenta arbórea preciosa.
            -Mario, ¿quién es esa Rosa por la que te pregunta y qué quiere decir con lo de la cornamenta?
            -¡Y yo qué sé! ¡Esta tía (o lo que sea), está mal de la cabeza! ¿No serás la loca de Teresa?
            -¡Frío-frío! ¡Pero que muy frío! Tampoco tu lo adivinas.
            ¡Qué hiciste, abusadora /¡qué hiciste…!
            Se os acabó el tiempo. Me voy, que habéis perdido la partida. Tengo una marca inconfundible en mi cuello y ni os habéis enterado: ¡Mirad! Ahora os pasareis la vida mirando cuellos como vampiros para intentar descubrirme. ¡Adiós! ¡La noche es joven!
            ¡Carnaval, carnaval…!

II

            -¡Hola, Rosa! ¡Qué cambiazo! Casi no te reconozco, pareces hasta guapa con ese disfraz de Campanilla que llevas. Por cierto: ¿y  Peter Pam? ¿Le has dejado cuidando de tu hija? ¿Y cómo va lo de tu ascenso, chica?
            -Oye, ¿por qué no te quitas la careta y veo quién eres? Sabes mi nombre, sabes que tengo una hija, sabes…
            -Se también que hace unos días discutiste con tu jefe por un asunto de cifras, sí; las noticias vuelan; pero no tienes que apurarte, estás bien protegida...Y, a propósito: esto no es una careta, sino una elegantísima máscara veneciana, única en el Carnaval.
            -¿Quieres decirme de una vez quién eres?
            -No.
            -Lo averiguaré.
            -¿Cómo?
            -Hay algo que te delata.
            -¿Si?
            -Si, ese lunar en el cuello. Y no me gusta -seas quien seas- que me hagas preguntas tan indiscretas e insinuaciones tan groseras.
            -Pues lo tuyo no es nada. A Mario le pregunté por su... amante -¿te suena quién puede ser?-,  y delante de su mujer.
            -¿Mario? ¿Qué Mario? ¡Ya está bien, da la cara de una vez! ¡A ver!
            -¡Ah, no, no! La máscara no se toca. Son reglas del juego. ¡Hasta la vista!
            ¡Alegría y buen humor...!
   
III

           - Es alguien del trabajo, te digo que es alguien que está aquí, entre nosotros. Quien  se esconde tras la máscara es una mujer, a mi no me engaña por mucho que imposte la voz. También se tropezó con Rosa, y ¿sabes qué le preguntó? Pues: “¿Cómo va lo de tu ascenso, chica?”. ¿Quién, sino uno de nosotros, puede estar al tanto de ese asunto? Te digo que está entre nosotros. ¡Esa máscara  veneciana, tan pálida como la muerte misma, la más blanca de todo el Carnaval! Yo diría que quien nos está tomando el pelo es Dácil, ¿qué te apuestas, Alfredo? Pude ver su cuello, una farola le daba de plano y, en el lado izquierdo tenía un lunar pequeño y negro, ¿no te fijaste? Cuando me preguntó qué tal con Rosa me acojoné; ¡coño, que iba con mi mujer!, ¡menudo mosqueo se agarró…! ¡Si descubro que es Dácil se entera. O quien sea, me da igual, joder! Hay gente que se cree que detrás de una máscara puede decir todo lo que se le antoje. ¿Qué buscaría, que mi mujer descubriera lo mío con Rosa o acojonarme sólo para divertirse?
            ¡Espera! ¡Ahí viene Dácil! Disimula y mira bien, pero recuerda: un lunar en el lado izquierdo del cuello.
            (.../...)
            ¡Joder, que no!, ¡que está más limpio que la palma de mi mano! ¡Ni una jodida manchita! ¡Nada, que tampoco es ella! Pero te digo que es alguien del trabajo, ¡vaya que sí!
            -¿Y Cande? Ella tiene que saber todos estos “secretos” de los que habla la máscara, ¿no?
            -¿Cande? ¿Mi secretaria? ¡Vamos, Alfredo! Cande jamás haría una cosa así. Si casi pide permiso hasta para respirar. La Máscara es mucho más alta. Además, Cande no sabe nada de lo mío con Rosa. Rosa nunca dice su verdadero nombre cuando me llama al trabajo.
  
IV

            ¡Ay espejo, mi espejito querido! Tu y sólo tu  sabes todo sobre mi! Por eso conoces lo bien que me siento detrás de esta bendita máscara veneciana. Soy capaz de cualquier cosa aquí dentro, no tengo miedo ¿verdad que no?
Yo que me corto por todo, que no me atrevo a nada, que me tiemblan las piernas en cuanto tengo que hablar de lo que sea, que…, que soy la timidez andante, sí. Yo, que siempre soy anonimato y nada más, aquí dentro me siento libre y digo lo que siempre callé.
            No me vas a creer, espejito, cuando te cuente lo que he  hecho y las cosas que he sido capaz de decir con esta nueva identidad entre murgas y comparsas.
            Ya me cansé de no atreverme a nada, quiero seguir siendo siempre esta sombra pálida que hace lo que siente y habla claro. Un Carnaval eterno es lo que quiero.
            ¡Si hubieras visto, espejo, la cara de Mario cuando le pregunté por su amante y llamé cornuda a su mujer…! ¡Claro que me lo puso a huevo con ese disfraz de venado que llevaba! ¡Ah, cómo les odio!: “Cande, ¿me pasas con mi marido?” (...) “¿Qué no está, y dónde ha ido?” (...) “¡Ya, no sabes, claro!” (...) “Pues le dices que me llame, y no te olvides ¿eh?”.
            Y luego él, que cuando habla con la zorra esa no quiere que nadie le interrumpa: “Cande, que no me moleste nadie” (...) “Dile a mi mujer que  no estoy…” (...). Y yo en  medio de todo, dándole disculpas a su mujer y oyendo cómo se ríe cuando habla con la otra. "La otra" nunca dice su verdadero nombre cuando le llama, pero yo sé muy bien quién es. ¿No podrán dejarnos en paz ni en las horas de trabajo? Ese tiempo me pertenece y ellas se entrometen a todas horas; las escupiría. Pero lo único que digo es: “Sí, muy bien” (...) “Sí, claro que sí, como tú digas Mario…, de acuerdo Mario”
 No hago más que parecer amable cuando lo que de verdad quiero es que les folle un pez a todos, (bueno, a él no). ¿A que sí, espejito; a que tú me entiendes?
¡Caray, este lunar no hay quien lo quite, se adhiere a la piel como  si fuera propio! 

Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto)

miércoles, 16 de marzo de 2011

¡ MAMÁ ! (Relato)

(2004)
¡MAMÁ!  
            -No, si..., ¡ya te digo!, mírale ahí, repanchigado en el sofá, y venga fútbol y más fútbol, dale que te dale al mando. ¡Ay!, pero... ¿es que no se te mueve un poco el cuajo de verme? ¿es que no ves que no doy abasto?
            No, si ni me mira. ¡Si es que...! ¿Pero me estás escuchando o no?
            -¿Qué?
            -¡Y que no se ha enterao! Que pongas la mesa, hombre, que hagas algo, que te estás embruteciendo. Si es que no haces otra cosa desde que llegas a casa, que ni te ocupas del chico y al final nos va a dar algún disgusto, ya verás, pero tu ni te enterarás de nada, ¿para qué? Yo no sé de qué estáis hechos los hombres. Mira, un día hago las maletas y me voy. ¡Y ahí te quedas!, a ver cómo te las apañas solo. Me da igual, me llevo al chico y quédate con todo si quieres, sobre todo con la tele, claro, que desde que te apuntaste al Plus ese, me tienes harta. No, si me voy a comprar una para mi solita, la pongo en la habitación y veo lo que a mi me de la gana. O no, mejor allí te vas tú. A ver si yo no voy a poder sentarme en el sofá, (que es lo que más me gusta a mi cuando acabo de recoger todo), y ver lo que yo quiera, sin chuparme lo que quieras tú, viendo siempre a esos tíos corriendo detrás de un balón. Pues hijo, podían darle uno a cada uno para que no se pelearan, porque no sé qué le veis a eso. A mi me parece un aburrimiento. Pero tú, claro, crees que soy una estúpida porque no entiendo nada de eso. Ni quiero ¿sabes?, ni quiero. ¿Para que se me queda cara de alelada como a ti?, ¡pues anda!
            -¡Calla, calla!   ¡Cagüeeeeennnn!, ¡joder, cállate un poco, mujer!
           -Si es que encima no se le puede ni hablar. Que sepas que tu hijo dice que no entiende los quebrados, y tú podías ayudarle un poco -que le van a suspender las Matemáticas-, en vez de estar ahí plantao sin enterarte de que estamos los demás, y sin hacer nada. ¡Ay, pero qué güevazos tienes! Claro que tú qué sabrás cómo los tienes, si ya ni te los alcanzas a ver con la barriga que has echao de beber tanta cerveza y de planchar asiento con el culo en el sofá.
            -Oye, sin faltar  ¿eh?
         -¿Sin faltar? ¿Sin faltar? Hoy, porque tengo la tortilla a medio hacer y no la voy a dejar así, pero mañana..., mañana te haces tú la cena si quieres ir a la cama cenao, porque yo hago la del chico y la mía, y a ti que te den. Ya no te aguanto más.
            -¡Que te calles ya, coño!  ¡Joder, este árbitro está comprao, me cagüen la puta...!
          -¿Ves? ¿Ves qué bruto te has vuelto? Bueno, ya lo eras, pero más. Si al final vas a acabar como tu abuelo, que además de ruin y egoísta, era el más bruto del pueblo. ¿O es que no te acuerdas de lo que contaba siempre tu tía Patro? Cuando lo de aquella cabra que le dio una cornada en la cabeza, y el bruto de tu abuelo se midió la herida, luego agarró un cuchillo, se fue para la cabra y le hizo una brecha en el mismo sitio y del mismo tamaño que la suya. No, si... ¡qué voy a esperar yo de ti!, de tal palo...¡tal astilla!, ya se sabe.
            -Mira, si sigues así se me van a inflar los cojones y me voy al bar.
          -Pues vete y no vuelvas, que no se pierde nada. Pero no te vas, no, que aquí estás más cómodo. Claro que no sé qué es mejor, porque cuando eras más joven y no tenías tanta tripa, te largabas y me la pegabas con la primera, ¿o es que no te acuerdas de lo de la Charo aquella. No, si a mi sí que no se me ha olvidao, no; que eso lo tengo yo bien, pero que bien clavao aquí. No sé por qué me casé contigo. Y ahora, ya ves, ¡menuda cruz tengo yo, Dios mio!
            -Pero ¿de qué hablas? Anda, cállate un poquito, que estás más guapa.
            -¡Y encima me dice que me calle! ¡Que me calle yo! ¡Será cabronazo! Pues no me voy a callar no, que ya estoy harta de callarme. Y de todo, estoy harta de todo y ya no tengo ganas de nada, que tú me las has quitao, porque eres un egoísta y... ¿Y sabes qué te digo?, que me voy a la cama, que ahí se queda la tortilla y la terminas tú si quieres, porque al chico ya le di la cena antes, y a mi no me hace falta ni cenar ni nada, que ya se me ha quitao el hambre. Y que te quedes viendo el fútbol, y luego el baloncesto y después lo que te dé la gana; que yo no soy la esclava de nadie ¿entiendes?, y menos de un mierda como tú que ya no vale pa nada; porque si quiero los tengo así ¿sabes?, así, y a mi tú no me haces falta. Que me voy ¿vale?, me voy a la cama. Mira, mira, mira cómo me estoy yendo. Me voy ¿ves? ¿ves? Ya me estoy yendo, míralo.
            -¡Bueno!
           -¿Cómo que bueno? ¿Bueno? ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¿Bueno? ¡Pero, será capullo el tío! ¡Bueno!, dice, ¡bueno!, así ¡bueno! Y se queda tan a gusto. Si es que además eres un insensible, y yo te importo una mierda; me quiero morir, ya no aguanto más. Pues mira, voy a irme a la cama sí, que ya no tengo fuerzas y me da todo lo mismo,  y además voy a dormir muy bien con todas estas pastillas que me voy a tomar, el frasco entero me tomo para no despertarme y oírte roncar encima. Todo, mira, todo, ¡todo! ¡todo!
            -¿Pero qué haces? ¿Estás loca?
-Quita de ahí hombre, que ya me las he tragao, ¡para que te jodas!.
-Pero trae p´acá, coño, ¿qué has hecho? ¿te las has tomado o no?
-Sí
-¡Vomítalas, joder!
-No quiero.
-O te metes tú los dedos, o te los meto yo.
-¿Tú? Anda, mira, pero si ha movido el culo y todo.
-¿Tú eres gilipollas, o qué? ¡Que te metas los dedos he dicho!
-¡No!

-Papá, ¿qué pasa?
-¡Carlitos, rápido, llama una ambulancia!
-¿Qué pasa?
-El teléfono, hijo, trae el teléfono.

-¡Mamá!
-¡Car-li-i-i-i-tos!     


Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto y foto)

domingo, 9 de enero de 2011

MI ROSTRO Y YO


MI ROSTRO Y YO
(2003)


Me pides que me describa, me analice, haga de mi una biografía, un autorretrato… ¿y cómo? Mi rostro es el único que jamás he visto. Y cualquiera puede verlo menos yo. Mi cuerpo es el único que sólo veo a trozos. ¿Cómo pues, podría hacer el retrato de mi misma, el autorretrato que me exijo sólo porque tu me pides que lo haga?“Descríbete”, me dices; “es necesario que lo hagas”. Y yo no sé, no se si sé, porque no he probado nunca a hacer que mis ojos den la vuelta y miren hacia mi. Toco mi rostro, lo siento…, pero no lo puedo ver al natural, en cada movimiento, en todas las secuencias de cada uno de mis actos. ¿Lo has pensado? Yo lo he hecho muchas veces, incluso creo que a menudo me obsesiona. Un día, cuando aun era una niña, recuerdo que me puse frente al espejo de un armario de luna y me tiré un buen rato mirando, mirándome. Yo creía que me veía, que ésa era yo, porque yo ya no existía en mí, estaba allí, en el armario. Yo era ésa, y ésa era yo. Me asusté, me asusté mucho, tanto que cogí el caballito de madera y lo estampé contra la luna del armario. YO, me partí en pedazos…, pero no sangraba, no estaba rota. Me toqué -no estirando las manos hacia ella (yo), sino encogiendo los brazos hacia mi (¿yo también?)-, y seguía siendo, estaba entera, sin un rasguño siquiera. Era el alma tan sólo la que se sentía arañada. Yo no era aquella, aquello era sólo un maldito cristal que se había adueñado de mis formas. Lloré, lloré… Lloré mucho: “Mamá, mamá, ¿por qué no puedo ver mi cara?”Sigo sin verla. El espejo continúa adueñándose de vez en cuando de mis formas, pero desde aquel día, sé muy bien que ésa que está enfrente no es, en ningún caso, la que corrió tras el primer amor y lo miró con ojos de gatita mansa. Así fue como aquel chico dijo que tenía la mirada, y la expresión quedó grabada en mi mente como si hubiera entrado en ella un algodón de feria: dulce, suavecito…, impregnando lo que toca. Pero, ¿cómo son los ojos (mis ojos) de gatita mansa? Él si me los vio, pero yo no; jamás he visto mis ojos, ni siquiera el espejo sabe darme la imagen que ellos tienen cuando miran a otra parte que no sea hacia sí mismos. Jamás sabré qué cara puse cuando corrí bajo la lluvia con diecisiete años en el cuerpo y el primer desamor en las entrañas. Lloraba, lloraba tanto que la lluvia me sabía salada. Me apoyé en la barandilla del viaducto. Quería hacerme ovillo y voltereta desde el puente hasta el asfalto. Gracias, amiga, por haberme seguido los pasos aquel día. Ese día aprendí un concepto nuevo, aunque ya conociera la palabra: amistad. Me abrazaste, me limpiaste la cara, amiga. Vi la compasión en el brillo de tus ojos. ¿Qué reflejarían los míos? Estaba triste, muerta casi, eso lo sabía, pero… ¿cómo fruncía, estiraba, alargaba… o encogía mi rostro para que se viera que lo estaba? Yo, no me lo veía. ¿Cómo estar segura de que reflejo lo que siento? Y, aunque así lo haga ¿cómo lo reflejo yo? ¿Cómo son mis gestos cuando corro, trabajo, me asusto, hago el amor, me cabreo al volante o pinto un cuadro? Vinieron los años de creación (ahora me han abandonado) y me puse a pintar como una loca. Las ideas fluían a borbotones y el pincel se las veía mal para seguirles el ritmo: Emociones, de todo tipo, pero fuertes, siempre fuertes. ¡Lo que hubiera dado por verme en aquellos años! Verme en directo, digo. En cada pulsación, en cada sorpresa, en cada idea, pensamiento a pensamiento y puesta en marcha. Y vuelta a empezar. Ya me estas juzgando, lo percibo: “¿Es que sólo vas a describir lo malo de tu vida?”-sé que piensas. He visto en ti tantas veces la mirada que me hace ese reproche…Te haré caso. Hay una foto en mi mesilla de noche. Mis hijos me besan en la cara y yo sonrío. Sé que sólo es el instante del disparo de una cámara, un clic dentro de tres vidas, pero disfruto mirándola. Me vienen imágenes de columpios en el parque, de canciones a la luna, de olores de bebé recién bañado…, de más besos; y parece que respiro el Universo cuando en realidad sé que es sólo un suspiro de vida en unas vidas, pero eso no me importa cuando la miro y veo la imagen de mis hijos. Me siento feliz y plena recreando ese momento. Esa es la excepción dentro de mi regla. Estoy tan bien sabiendo que fui feliz aquel momento… Todo está bien ahora, todo está bien, tengo que estar satisfecha con mi vida, la foto me lo dice, y me siento afortu… Mira, lo siento, no puedo seguir fingiendo estar contenta, porque no lo estoy. Por algo estoy aquí ¿no? Ya sé que lo veo todo negro en este presente que se alarga demasiado. Quería dar otra imagen de mi misma y contar cosas alegres, pero… ¿Acaso lo que te digo no es cierto? ¿Qué es una foto en una vida? Sólo un soplo de aire en un tornado, un segundo, un momento en millones de momentos. ¿Sabes cuántos segundos llevo ya vividos? Me he molestado en contarlos y anotarlos: 26.282.340. Y es posible que el último dígito ya no sea correcto. ¿Entiendes ahora que no me importe mucho el segundo de un clic entre tantos clics vividos? Es más, me está haciendo daño porque no puedo volver a ello y la foto es otra ilusión más como la luna del armario. Antes dije que me gustaba mirarla, pero voy a contarte la verdad: desde que no me encuentro bien la he guardado en el cajón de la mesilla. Me hace daño verla. Fue un momento afortunado, pero no he sabido prolongarlo, eso ya pasó y ahora… Mis hijos ya se han ido, sus vidas están en otras partes. Me siento coja y vacía, sí también vacía. A veces me voy al estudio, cojo el pincel entre las manos y me pongo frente al caballete donde tengo el lienzo inmaculado desde hace tanto tiempo. No me fluyen las ideas, no sé cómo empezar, sólo quiero rescatar momentos que no quieren volver, y los que preferiría anular me persiguen en las sombras. Y ahora ¿qué es lo que quieres?, que te hable de Él, ¿verdad? ¡Si ya lo sabes! Por favor, pídeme otra cosa. Oye, ¿quieres que te cuente la última película de Spielberg? Sólo hace dos días que la vi, está muy bien y la tengo muy reciente; puedo contarte… ¡Ah…!, que no, ¿verdad? Que no me vaya por las ramas. Pero, te repito que ese tema lo conoces ya de sobra. Anda, no me obligues. ¡Ya! que tengo que ser yo quien lo describa, que es bueno para mi, ¡claro! Bien, pues eso: un cruce de miradas, un subidón, otro, otro más…, más cerca, un poco más y… ¡enamorada como una estúpida! Luego un hijo, más tarde otro entre besos y peleas, entre lágrimas y risas. Después los celos, más tarde la evidencia. Y por último el adiós. Pero no me pidas que describa rasgo a rasgo los matices de mi cara entre una y otra de las muchas sensaciones hasta que llegó el olvido. No sé. No puedo. ¿Cómo se haría? ¿Podrías tú? Y ahora… ¡ya lo sé!, estoy aquí, asustada, angustiada, hecha puré por tantas emociones que sé muy bien cómo se sienten pero nunca estaré segura de haber sabido reflejarlas. Curándome de heridas, pidiendo que me ayudes. Este sillón que me sostiene frente a tu mesa de psicólogo conoce mejor que yo qué cara pongo cuando te cuento mi vida, o cuando abro mi cartera para pagarte otra consulta, (¿sesión se dice?).Y como terapia me pides que haga de mí un autorretrato. ¿Cómo? ¿No dicen que es la cara la encargada de dar reflejo al alma? Si sólo he visto estampas de mi misma, si no me he visto nunca de verdad, no sé si mi cara miente o se equivoca. O cuando dice que te quiere, parezca que te odia. Puede que diga la verdad pero yo nunca podré ser capaz de asegurarlo. Si no me veo cuando te miro, dime: ¿cómo quieres que lo haga?
Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto y foto)

miércoles, 6 de octubre de 2010

LA CASA 4

(viene de las 3 entradas anteriores)
Relato en 4 tiempos





(2002)

4ª y última parte: RECUERDOS



Andrea llegó a la casa.
Se había enterado de que la habían puesto en venta y estaba decidida a recuperarla. ¡Tanta vida desde que salió de ella!: los coqueteos de su juventud, el corazón y la razón, más equilibrados ya en sus años de madurez, los hijos, la muerte de sus padres, el compañero de su vida, los triunfos y los fracasos, toda su vida se quedaba quieta en este presente, ahora que intentaba disfrutar de la jubilación que creía bien merecida, aunque el dolor de sus huesos a veces lo dificultara. Todo eran recuerdos y más recuerdos.


Sentía su vida como una película proyectada en exclusiva para la niña que allí fue, jugando en aquel patio y en aquella huerta. No pudo evitar que lo primero fuera echar un vistazo a la morera, preguntándose antes si existiría todavía. Comprobó que sí, y el sabor de sus moras maduras le evocó aún más recuerdos. Luego se dirigió al interior. Entró en la cocina (primera puerta a la derecha, lo recordaba perfectamente), y su mirada se quedó clavada con expresión de ternura en el poyete de la ventana donde ella dejaba siempre sus muñecas de cartón-piedra mientras comía. Tocó las paredes suavemente como si acariciara piel viva. Y así, rozándolo todo con un tacto consciente, recorrió toda la casa. Toda su vida se recreaba con ella.


Le pareció que la niña y ella se desdoblaban y sintió deseos de cruzársela por la escalera que conectaba con el piso de arriba, abrazarla y decirle: “mira, pequeña, he llegado hasta aquí y todo esto vuelve a ser tuyo, para que juegues e inventes más aventuras. Yo las escribiré en un cuaderno de colores y lo cerraré cada día con una cinta dorada que envuelva tu preciosa fantasía.


La casa era la niña, pero una niña sabia, que conocía casi toda su vida futura. Estaba recogida en sus recuerdos.


Andrea saltó de esos pensamientos al presente y firmó el contrato de compra-venta. Con él en la mano, sintió el ciclo de la vida, ese donde el final es el principio y cada comienzo encarna un fin. Lo apretó fuerte entre las manos, como si agarrara la vida misma y subiendo a su coche, tomó el camino de regreso, esta vez sabiendo que pronto volvería y se sentaría a la sombra de su casa a recordar y vivir. FIN
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Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto y foto)

miércoles, 29 de septiembre de 2010

LA CASA 3

(viene de las 2 entradas anteriores)

Relato en 4 tiempos
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(2002)
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3ª parte: SENSACIONES
Andrea llegó a la casa.
Había perdido la conexión con ella desde que su familia la vendió, hacía ya muchos años. Pero el viaje del que regresaba le había hecho pasar muy cerca de aquel pueblecito y sintió deseos de acercarse y observarla, aunque solo fuera desde la calle. Alguien la vio pasmada, mirando el portón como quien hubiera encontrado la puerta del mismísimo cielo y le preguntó si podía ayudarle en algo: “Sí, yo viví de niña en esta casa, ¿vive alguien ahora en ella?” Le contaron que, en la actualidad, estaba alquilada a un Grupo, una especie de ONG, o algo parecido, que la dedicaba a dar apoyo escolar a inmigrantes de toda la zona. “¡Curioso uso, nunca lo hubiera imaginado!” -pensó-.

-¡Pero entre, no se quede ahí, le dejarán verla gustosamente, se lo aseguro! Y Andrea solo gastó el tiempo necesario para agradecer la información antes de aceptar la sugerencia. Abrió el portón y las sensaciones fueron desfilando en perfecto orden. Lo primero, el leñero techado que el mastín utilizaba para dormir y donde ella escondió una vez sus zapatitos. Después, el patio de sus juegos y aquellos curiosos rituales infantiles, luego..., ¡cómo se le agolpaban las sensaciones en que se convertían imágenes y recuerdos! Con su imagen de niña ocupando esos espacios, recordó a sus hijos, algunos ya casi adultos. Quizá no fueran como ella les soñó, pero eran sus hijos y se sentía feliz si les veía aceptar sus vidas y había amor en sus miradas. Ya no eran bebés, ni siquiera niños, pero aún la necesitaban.

La casa estaba hecha solo de emociones y sentimientos agrupados. Eran las raíces de aquel árbol preñado ya de frutos, que conformaban su vida; era sus pilares y el centro de su seguridad.

A Andrea le pareció oír expresiones de su madre que ella misma reproducía sin saber muy bien por qué, desde hacía algún tiempo.

Lo miró todo, y todo lo que pudo acarició, incluyendo el huerto, con el guiño a la morera, gesto que tuvo la sensación de ser correspondido. Ese árbol, que a ella le parecía el de la vida, estaba allí, delante de sus ojos nuevamente.

Se resistía a dejar la casa tan pronto, cuando le ofrecieron una excusa perfecta para alargar un poco la visita.

-Supongo que le gustaría quedarse un rato más, ¿verdad? –le dijo una mujer, que apareció tras la puerta de entrada-. Dentro de unos minutos vamos a servir una merienda, ¿querría acompañarnos?

-Sí, gracias, -dijo sin vacilar un momento-, me encantaría. Y la conversación fluyó sin encontrar tropiezos.

Al atardecer, reanudó el camino y, las preocupaciones familiares que venían ocupando casi toda su mente antes de llegar, fueron sustituidas sin ningún esfuerzo, por una imagen que le llenaba de alegría: una niña con su mismo nombre, corría de un lado para otro de la casa, riendo con esa gracia contagiosa de la que solo los niños conocen el secreto. Sonrió y le invadió una alegre sensación de bienestar. (continuará)
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Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto y foto)

martes, 21 de septiembre de 2010

LA CASA 2



(viene de la entrada anterior)

Relato en 4 tiempos




.(2002)

2ª parte: DISPERSIÓN
Andrea llegó a la casa.
Hacía años que no vivía en ella ya. Era bonito el paisaje de su entorno, sí, pero no acababa de comprender cómo pudo haber vivido tan a gusto en ese ambiente tan rural. Era más emocionante la ciudad en la que ahora pasaban sus días, más divertida. Miraba entre curiosa y sorprendida aquel lugar que la vio nacer y crecer cuando era niña. No había vuelto desde entonces. Miró el portón de la entrada, que tanto le sorprendiera en su niñez, pero sus dieciocho años recién estrenados le distrajeron colocándose mejor el pelo para estar más guapa. Entró en el patio y lo reconoció, aunque le llamó la atención que estuviera empedrado, no se acordaba del detalle, y ahora había tenido que darse cuenta por lo mal que caminaba sobre las piedras con sus botas altas.

Se asomó a la huerta, vio la morera cargada de frutos maduros. Se acercó a probarlos. Miró el resto de los árboles, pero un pensamiento un poco fuera de contexto le distrajo: “¿dónde habría dejado la cinta de Los Rollings que venía oyendo en el coche?“ Cuando comprobó que la tenía en su bolso, se relajó, volvió a centrarse en la visión de la casa, y su corazón joven se enterneció al reconocer el lugar que más le había gustado para sus juegos. ¡Cuánto había crecido y pensado desde entonces!

Sí que se acordaba de la casa, de todas sus habitaciones y rincones, pero hubo un detalle que le llamó la atención especialmente: No le parecía ahora tan enorme. Era grande, sí, pero no tanto como ella había grabado en su cerebro, ya un poco más agrandado también.

De este pensamiento saltó, sin paso intermedio, al que ocupaba desde hacía unos meses el porcentaje más grande de su mente: “¿qué estaría haciendo Jaime en ese momento?, ¿la seguiría queriendo -o gustando-, o se habría olvidado de ella en todos esos días?”. Tenía tantas ganas de llegar y contarle todo lo que había visto… Se tranquilizó pensando: “mañana, mañana mismo estaré a su lado de nuevo”. Y se sentó sobre el poyete en que acostaba a sus muñecas. (continuará).
Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto y foto)

viernes, 17 de septiembre de 2010

LA CASA 1

Relato en 4 tiempos
INICIO AQUÍ LA PRIMERA PARTE DE UN RELATO TITULADO "LA CASA", ESCRITO HACE YA ALGÚN TIEMPO, Y ESTRUCTURADO EN 4 PARTES, A MODO DE PEQUEÑOS CAPÍTULOS, QUE COMIENZAN SIEMPRE CON LA MISMA FRASE:
"Andrea llegó a la casa".
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(2002)

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Todos los derechos©Ángeles Fernangómez (texto y foto)

1ª parte: RAÍCES

Andrea llegó a la casa.
Llevaba en su manita el pequeño cabás que siempre utilizaba en la Escuela de Párvulos. Lo dejó en el suelo para poder jugar libre de trabas por el patio. Su casa, la casa en la que ella hacía "casa" si venían mal dadas y algún peligro acechara, estaba así, como posada dentro del escenario natural de aquel pueblecito de montaña. Si alguien le hubiera preguntado a ella si la casa era bonita, hubiera dicho simplemente: “¡pues claro!” Y si hubieran querido saber por qué, quizá sólo escucharan como respuesta: “porque es mi casa y es muy grande y tiene un patio para jugar”.

Era bonita porque era su casa, simplemente por eso. Había nacido allí, y Andrea aún estaba en los años en los que se goza de esa maravillosa inconsciencia que sólo poseen los niños y que permite que todo sea porque sí, sin más, sin buscar recovecos.

Ese patio, que escondía misterios conocidos sólo por ella, se convertía en su mundo, solitario a veces, pero pleno de vida. ¡Era tan fácil y natural para ella crear, inventarse personajes y darles vida en su cerebro en aquel marco...! Y la huerta, con la gran morera, allá, al otro extremo, la huerta a la que llegar se convertía en una aventura peligrosa, al tener que atravesar el pasadizo oscuro y sortear después las babosas que salían al sendero de entre las hortalizas, las que a ella le daban tanto, tanto miedo. Esa aventura tardó en poder correrla a solas, pero acabó consiguiéndolo.

Era una casa enorme, sí -así al menos la veía ella-, en la que cabían todos y cada uno de sus sueños de infancia, y con ese sentimiento de seguridad, Andrea se quedó dormida al sol en la esquina preferida de sus juegos. ¡Qué grande, qué enorme era su casa!
(Continuará)

viernes, 10 de octubre de 2008

EL CLUB DE LOS PINTAPOETAS ("Mis Relatos")

(Cosas serias en clave de humor.
Un guiño a los pintores y poetas de "Versos Pintados del Café Gijón)

Éramos socios de un club en el que se admitían mujeres. Lo cierto es que las mujeres abundábamos.
Nos habíamos reunido para almorzar. “Poetas y Pintores”-rezaba el título del libro que no estaba editado todavía. A los poetas nos gustaba mirar cuadros y a los que pintaban, escuchar los versos. Y todos tan contentos.
Nos reuníamos para celebrar que era un día cualquiera de un mes de un año..., que había salido el sol por Antequera y que la primavera había llegado nada más terminar el invierno, -por ejemplo-. Siempre que nos reuníamos era para celebrar cosas así. Y era preciso deliberar un poco sobre ello. Cada vez que nos juntábamos a comer, era en lugares diferentes. Y tenía su porqué. Aquel día el almuerzo era en La Casa de No-Sé-Dónde.
María Karmela irradiaba luz de su melena rubia y de sus ojos claros. Ella pintaba y dijo que, esa mañana, había salido el sol de tal manera que le había hecho ver las formas con una perspectiva nueva y diferente a todas las demás mañanas (era su hora preferida para estos menesteres). Luego sonrió.
Liarana miraba a derecha e izquierda sin decir nada.
Fonso se lo tomaba muy en serio.
Parola, que aunque su nombre parezca de origen italiano, había nacido en Méjico y, por lo tanto, era mejicana, llegaba siempre con esa cadencia de paso y ese deje pausado propio de su tierra. Sin embargo, en poco tiempo preparaba tal revolución en el grupo, que ni el propio Zapata. Ella escribía versos eróticos la mayor parte de las veces. Pero llegó diciendo que no tenía el día.
De vez en cuando se hacía difícil deliberar seriamente, como a Fonso le gustaba, porque El-Fará lo complicaba. El-Fará le sacaba punta a una bombilla si era menester y si la forma de la bombilla era alargada, ya la habíamos liado porque, para él, no era alargada sino fálica y ya teníamos la frasecita compuesta. Se partía de risa él mismo y luego se quedaba tan serio como una estatua, como si allí no hubiera pasado nada. Miraba con delicadeza a su entorno y sonreía. Pero para entonces, a los demás ya se nos había quedado la boca estirada por el contagio de la risa y no encontrábamos la forma de poner el rictus relajado. Él sí.
La camarera, joven ella, llegó con su libreta. Llevaba delantal rojo por encima de un vestido negro y ajustado.
-¡Joder! –dijo Filarión por lo bajines-, aquí las camareras van vestidas de anarquistas.
Filarión tenía una vasta cultura clásica, aunque se ganara la vida con la alquimia. Sus poemas, además de tener un nivel bien elevado (“¿elequé?”, -hubiera dicho El-Fará, interrumpiendo el discurso), pues además de eso, cuando los declamaba con su potente voz, se elevaban más aún (nueva interrupción con pregunta inocente). Y si Filarión no se hubiera quitado aún la boina de guerrillero, todavía parecían con más fuerza los poemas.
Alguien, desde la cocina, llamó a la camarera, que estaba a punto de declamar la comanda. La camarera se dio media vuelta y se alejó. El lazo rojo del delantal le caía como un ramo de flores rojas por encima del culo. Los hombres del club no estaban ajenos y apuntaron con la vista hacia el florero.
Se perdió entre cacerolas y, esta vez, vino un camarero que vestía lo mismo pero en la modalidad pantalón. Cantó el menú de forma muy profesional: Primero, los primeros; segundo, los segundos, y el postre para luego.
-Cazón dice, ¿qué es cazón? –preguntó Marino, el portugués.
-Es un pescado. Antiguamente se preparaba en una especie de cazos, y de ahí le viene el nombre según dicen; aunque ya sabe usted que estas cosas... Pues eso: de cazo..., cazón.
-Claro –dijo Parola, –como de guapo, guapetón.
-O de raza, razón –ricé yo el rizo casi al oído de El-Fará para provocarle un poco más la risa y que no me oyera la parida el camarero. Pero se la provoqué más de la cuenta, creo, porque respondió:
-Sí, claro, o de pez, pezón.
Y ya empezamos. Llorábamos literalmente de la risa. Él frenó en un santiamén, pero yo ya no podía parar.
El camarero se fue y todo quedó de nuevo en familia.
Cerca de la mesa pasó la camarera que había estado a punto de tomarnos nota hacía un rato y Bettrizia la llamó para pedirle agua. Aproveché yo para pedirle también que me “cantara” de nuevo los segundos platos porque no acababa de estar convencida con mi decisión.
-¿Podría repetirme lo que hay de segundos, por favor? –le dije-. Por cierto, yo soy María Angélica, además de la narradora de esta historia, también escribo versos, pero ya me presentaré mejor más adelante, ustedes me sabrán disculpar, que si no pierdo el hilo. Aunque, pensándolo bien, ¿qué más puedo decir de mí sino que pertenezco al club y que el nombre me lo puso mi abuela porque decía que sonaba muy romántico? Así era mi abuela. Recuerdo que le gustaba encontrar cualquier disculpa para vestirse de época. Yo no entendía entonces lo de la “época” esa y preguntaba: “Pero ¿de qué época se viste la abuela?” “¡Ay, hija, pues de época. De época es..., de época”. Y me quedaba igual que antes de la pregunta; hasta que fui mayor y lo entendí.
Pero cerremos el paréntesis y volvamos a la historia. Decía que yo había pedido a la camarera que me repitiera los segundos platos.
-Pues tenemos entrecot, chuletas, calamares a la romana, cazón, huevos estrellados, huevos rellenos, langostinos con salmón...
-Yo quiero calamares –dije. ¿Puedo hacer el cambio?
-Estuve a punto de pedir huevos, –dijo El-Fará, porque dicen que de lo que se come..., pero me quedo con los langostinos. Lo de los huevos estrellados me da un-no-sé-qué... De todas formas –dijo dirigiéndose a la camarera con pelín de sorna- ¿cómo son los huevos rellenos?
-El plato trae dos huevos partidos por la mitad...
-¡Aaay, no! –dijo El-Fará procurando que no le oyera la camarera (o vete tú a saber...)
-Están rellenos de atún –continuó. Y luego bien untaditos con mahonesa y...
-¡Qué bien! Eso ya está mejor.
-¿Cómo? –dijo la camarera.
-No, nada, que mejor me quedo con los langostinos.
-Muy bien, ahora mismo viene todo.
Y se fue rumbo a la cocina por donde había venido.

Azid hizo un comentario sobre los que confunden las licencias poéticas con construir gramaticalmente mal las oraciones. Quizá fuera el más sensato de todo el club. Filarión sacó un poco a pasear a sus caballos de Aquiles, y Bettrizia, que hasta entonces había estado muy calladita, contó sus últimos proyectos pictóricos. Bettrizia pintaba delicado y colorido.
Marino hablaba de Coimbra, y yo lamentaba haberme sentado, como siempre, al lado de El-Fará, pero sólo con la boca chica.
Aunque su nombre pueda dar lugar a confusión, El-Fará no es árabe, al menos él no conoció a ningún antepasado que lo fuera. Al parecer le puso ese nombre su padrino de pila que, según tengo entendido, lo sacó de un libro de aventuras que acababa de leer poco antes de que le echaran el agua bendita al chico por encima.
El-Fará se ganaba también la vida haciendo reír al prójimo (prójimo es igual a próximo, y la más cercana por su siniestra era yo...). Hacía reír al prójimo –digo-, con la intención de ayudarle a que se curara de sus males, fueren éstos los que fueren. A mi me había regalado ya varias sesiones, andaba la cosa a... ¿una sesión por cada día de encuentro? Más o menos.
Fue la camarera la que trajo la comida. Yo ya tenía mis calamares y a El-Fará le acababan de traer los langostinos con salmón. Su plato quedaba muy decorativo.
-Sus langostinos –dijo la camarera.
-Esto sí que es un plato en condiciones.
-Es que aquí lo hacemos todo con mucho arte, señor.
-Pues a mi me encanta todo lo que acabe en “arte” –contestó El-Fará a la camarera mientras le disparaba una sonrisa picarona.
-Pues qué bien –le contestó ella-, yo creo que sin pillarlo, (o pillándolo, pero ya sabemos que una camarera tiene que guardar las composturas, y más cuando las tiene bien puestas, como era el caso...)
A mi se me iban los ojos detrás del salmón de El-Fará, que lo tenía a mi derecha, y mis calamares no me llamaban tanto la atención, (soy una inconformista y también una indecisa). Él lo notó y puso un buen trozo en mi plato, a lo que correspondí dejando en el suyo un par de aros o tres de calamar. Y es que generoso sí que es, y serio también cuando tocan a serlo, pero, cuando quiere, le busca las cosquillas a las mismísimas estatuas.
A Fonso le pareció que ya era hora de que nos concentráramos un poco y habláramos de la celebración del día. ¿Y cuál era?: Pues... ¿Por qué a un día le sucede otro? ¿Cómo incidió la luz de esa mañana en nuestras mentes creativas? ¿Qué significa la primavera para el alma...? Sí. Y todas esas cosas que se preguntan los artistas para responder luego en bonito y que lo disfruten otros.
-Esta mañana –dijo Fonso- amaneció a las 6:35. Lo comprobé porque me pilló la aurora componiendo un soneto en el estudio. Me travé en el segundo terceto y cuando me di cuenta me sorprendió el amanecer en el verso catorce. Menos mal que lo acabé. Cuando uno hace sonetos de amor no tiene percepción del tiempo. Y más si te quedas atascado en algún verso. Pero habrá soneto nuevo para la reunión del lunes.
Una solemne carcajada llenó toda la mesa y traspasó a otras colindantes. Fonso puso cara de mosqueo e interrogación.
-¿Qué pasa? ¿He dicho algún inconveniente?
-No, tú no, pero... ¿Es que no veis lo que está haciendo El-Fará?
El-Fará sostenía un langostino en su mano derecha, mientras que con la izquierda, sujetaba un aro de calamar con su reboce amarillo-mostaza y hacía pasar por su interior al pobre langostino, muerto y bien cocido, pero tan sonrosado como la mismísima salud y con la cola recogida en forma de cedilla.
-Es que domo langostinos –dijo. Y se quedó tan pancho. Es más, siguió haciendo pasar por el aro a dos o tres bichos más. Su plato parecía una maqueta del Price en versión marina.
Tuvo que intervenir Azid para poner orden. Hizo un comentario a Liarana, que la tenía al lado, comentario que yo no alcancé a escuchar desde el otro extremo de la mesa, y después, Liarana se puso a contar los pormenores de la publicación de su último libro de poemas, como cambiando de tema deliberadamente.
Intenté yo abundar en el tema hablando de mis últimos versos pero, como acababa de llegar de la costa, me salían de lo más cursi: Que si el mar se iba de farra con la luna..., que si la espuma de las olas..., que si la vela de los barcos... ¡Era mejor cuando hacía poemas a los gatos de angora! Quizá sea porque, como soy del interior, en cuanto veo el mar me vuelvo loca.
Azid volvió a reconducir la cosa hablando del libro que traíamos todos entre manos, (más que entre manos, entre mentes, pero para nosotros no hay demasiada diferencia).
Comimos, hablamos, deliberamos más y nos cundió el tiempo. Así pensamos todos. Todos menos Fonso, que nos seguía viendo como a alumnos indómitos que no permiten dar la clase. ¡Vaya!, al final logramos convencerle, supongo.

Hasta que llegó la hora del postre y se acercó de nuevo la camarera roji-negra a ofertarnos las delicias de la casa:
-... y helado de tres gustos. (Os juro que dijo de tres gustos).
-¿De tres bustos? –dijo El-Fará- Eso es lo que quiero.
No conforme, se le antojó ver cómo lo hacían y dijo que se iba a la cocina. Tenía el quit de la risa en su maleta y eligió, entre todos los objetos, ponerse una nariz de payaso para acercarse al corazón del santuario gastronómico. No era la primera vez que hacía el payaso de esa forma, pero en otros sitios, así que ninguno imaginamos que era capaz de ir de esa facha a la cocina. La nariz era una bola de un tono rojo pálido. Al incrustarla sobre la suya se le abrieron, a modo de aletas, un poco los extremos y, sinceramente, todos pensamos en lo mismo. Decididamente la prótesis nasal rojiza tenía una forma clara de testículo con fiebre.
“¡Tierra, trágame!” –pensamos todos- cuando de verdad se levantó y, con dos narices, se introdujo en la cocina. Vimos y oímos las risas allá dentro. Él sabrá lo que les dijo, que de tonto no tiene un pelo, pero al postre invitó la casa.

¿Entendéis ahora por qué he preferido ser yo misma la narradora de esta historia? No he tenido valor suficiente como para ponerle al cuento un narrador externo, porque hay cosas que deben quedar en familia, ¿qué le importa a nadie?
Somos un club muy unido y yo ya he tomado mis precauciones para que nadie nos pueda reconocer así como así; estaremos pirados pero no somos tontos, y no pienso irme de la lengua diciendo el nombre de los sitios en los que nos solemos reunir. He vuelto atrás en el cuento y veo que ya se me escapó lo de decir que estábamos en La Casa de No-Sé-Dónde, con eso es suficiente y no acaba de gustarme mucho mi desliz, debí morderme más la lengua, pero pase. Aunque, como no me acordaba del Dónde, supongo que nadie dará con el sitio. Puede que tampoco ninguno de nosotros. Pero acabaremos encontrándonos.


Todos los derechos©Ángeles Fernangómez